Mi primera FIV en el Hospital de St.Pau (I)

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Después de las 6 IA negativas llegó por fin el momento…empezaba mi (esperaba) primera y última FIV.

Recuerdo mi primera visita antes de empezar mi primera FIV en el hospital de St.Pau, estaba ansiosa por empezar, no pregunté mucho ya que como siempre confiaba plenamente en los médicos, pensaba que ellos “ya sabían”. Me explicaron la medicación que iba a usar, que casi era la misma que la que había usado para las IA, el famoso Puregon, sólo que en este caso me pincharía otro medicamento en cuanto me lo indicasen, el Orgalutran y como siempre, Ovitrelle como “rompefolis“.

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Cuando bajó la regla llamé para pedir mi primer control y el tercer día empecé ya con los pinchazos. Todo me era, por desgracia, tan familiar que no veía por ahora ninguna diferencia con las inseminaciones. Recuerdo que fui bastante rápida, demasiado, ya desde la primera ecografía me vieron más de 10 folículos creciendo casi a la vez. A los pocos días ya empecé a sentirme hinchada y pesada, sobre todo al estar sentada, fue una de las primeras diferencias que noté con los tratamientos anteriores, además de las “humedades” de las zonas bajas :).

Creo que era el tercer control cuando me dijeron que ya estaba lista, que iba muy bien. El médico que me tocó empezó a mirar el ordenador y puso cara rara. Me preguntó por la visita con el anestesista ¿visita? ¿qué visita? le pregunté. A mí nadie me había dicho nada en ningún momento. Ingenua de mí creía firmemente que los profesionales tendrían todo el proceso más que claro, para mí era todo nuevo, no sabía ni cuanto tardaría ni cuando me programarían.

En un par de segundos entré en pánico, creo que me puse hasta blanca, mi cabeza no paraba de decir “no me lo puedo creer” “todo me pasa a mí”. El doctor empezó a rellenar papeles y me dijo que bajase con ellos a la Fundació Puigvert. Además esa misma noche debía empezar a pincharme el Orgalutran, a ver si así conseguíamos “aguantar esos folis”. Salí casi corriendo de allí. Llegué al mostrador que tan bien concocía, temblando como una hoja, muerta de miedo.

Cuando me atendieron empezaron a mirar toda la documentación que llevaba y lo primero que me dijeron fue que “imposible” que “no había horas para el anestesista” de golpe se me llenaron los ojos de lágrimas, intenté mantener el tipo pero por primera vez en mi vida me oí a mí misma rogar como una niña pequeña, que por favor, que hiciesen lo posible, que después de todo lo que llevaba no podían hacerme eso…tuve ganas de gritar que no había sido culpa mía. No sé cómo fue pero después de mirar y mirar el ordenador me dieron cita para el lunes siguiente (era ya un viernes) y último control ese mismo domingo. Si todo iba bien de una vez me harían la punción el martes.

Parecía que estaba todo controlado así que empecé a sentirme más calmada, aún no entendía cómo había pasado algo así pero estaba bastante tranquila. Confiaba en que todo iría bien. Ese sábado nos quedamos tranquilamente en casa. Yo tenía ya bastante pesadez de ovarios y no me apetecía salir. Me puse un ratito en el ordenador y los dolorcillo que iba sientiendo hacía un par de días fueron rápidamente a más.

Llegó un momento que de golpe empecé a notar mis molestias típicas de ovulación pero multiplicadas por 20. Me quedé doblada de golpe, cogiéndome la barriga, intentando calmar el dolor. Llamé a mi marido y le dije “estoy ovulando”, no tenía ninguna duda, mi cuerpo me lo estaba indicando tan claramente que fue como si me cayese un jarro de agua fría. Empecé a llorar de rabia, de impotencia, de dolor, ya no físico sino emocional…otra vez mi sueño roto en mil pedazos, me sentía sin fuerzas para seguir.

Al día siguiente tenía control en el hospital, entré allí derrotada, explicándole al médico lo que había pasado. Me dijo “imposible” pero en cuanto miró la pantalla del ecógrafo se calló de golpe. Aún así no lo quiso reconocer, me confirmó que haríamos la punción el martes, que tenía folículos preparados. Le pregunté qué cuántos y no quiso decirme el número, solo que “suficientes”, no me hacía falta saber más me soltó. Me callé porque quise aferrarme a esa esperanza, había llegado hasta ese momento, después de todo lo que había ya pasado, de todos los negativos y las lágrimas y no estaba dispuesta a rendirme.

Como estaba previsto ese lunes tuve, por fin, la visita con el antestesista y el martes por la mañana la punción. ¡Qué nerviosa estaba! Cuando me hicieron pasar para prepararme para el quirófano solo podía pensar en mis folis ¿cuántos habrían sobrevivido?.

Me sentía sola, desanimada y más nerviosa que nunca en mi vida. Pasó todo muy rápido, desperté aún en quirófano, justo antes de trasladarme a la sala donde estaban más chicas recuperándose de sus punciones o reposando después de las transferencias. Vino la doctora que nos tocaba ese día, había ido muy bien, me habían sacado 7 folículos maduros… ¿7? ¿sólo 7? la última vez antes de ovular me habían visto mínimo 11 de tamaños parecidos así que no tenía ninguna duda, había perdido unos cuantos, seguramente los más “bonitos”. No sabía si alegrarme por el alivio que sentía (por lo menos tenía algunos) o llorar de la rabia que llevaba acumulando esos días. Decidí ser positiva antes todo. Tenía 7 campeones, 7 supervivientes que estaba segura que no me defraudarían…¡¡continuará!!

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