Cuando el problema es masculino…

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¿Cómo lo afrontamos nosotras? ¿Y ellos?

Siempre que el tan deseado positivo no llega, y a no ser que ya sepamos que nuestras parejas tienen un problema de fertilidad, nos asaltan preguntas del estilo.

¿Por qué no me quedo embarazada? ¿Por qué yo? ¡Si para las demás es tan fácil!”.

Nadie se libra de la culpa, sentir que fallamos, de autocastigarnos, movidas por la angustia.

Porque en todo momento tenemos presente que quien debe quedarse embarazada somos nosotras, ignorando, inconscientemente, que en esta aventura (en el caso de no hacerlo en solitario); nos embarcamos dos.

Cuando por fin tenemos un diagnóstico, éste puede ser casi a partes iguales por motivos femeninos como masculinos, quedando un porcentaje del 20-25% clasificado de origen desconocido.

En nuestro caso inicialmente todas mis pruebas salían correctas y no fue hasta tener los resultados del seminograma de Mr. N. que no supimos que no sería fácil que lo consiguiésemos de manera natural.

Al principio me sentí algo aturdida.

No esperaba que él, deportista, que ni fumaba ni bebía alcohol con regularidad, pudiese tener unos valores tan bajos, sobre todo de movilidad. Aun así, decidimos ser optimistas y confiar en el tratamiento que le recomendó el urólogo.

Esos 3 meses, a la espera de repetir las pruebas, pasaron muy lentamente. Los resultados fueron desastrosos.

Empeoró notablemente en todo: cantidad, movilidad y morfología, por lo que su doctor decidió derivarnos, a la Unidad de Reproducción de nuestro hospital. Fue como recibir un jarro de agua fría, bien fría.

En cuanto estuve sola, empecé a llorar desconsoladamente, sin creerme que nos estuviese pasando algo así.

Me enfadé muchísimo con mi chico. Me decía a mí misma que yo no merecía estar pasando por esto, por algo tan duro…Deseaba ser madre más que ninguna otra cosa en el mundo y no lo conseguía por su culpa.

Casi al mismo momento me embargó la vergüenza y el dolor. Me sentía egoísta, ruin, mala persona y la peor de las compañeras.

Ésa fue la primera y única vez que lo hice responsable a él de nuestra infertilidad.

Habíamos decidido ser padres, darle la vida a una nueva personita, que sería parte de los dos, fruto de nuestro amor.

Y como todos los demás obstáculos que la vida decidiese presentarnos, éste lo afrontaríamos juntos, como un equipo.

Desde ese mismo momento, asumí y acepté que sí, teníamos un problema; porque no era únicamente de uno de nosotros.

Me lancé a la búsqueda de cualquier opción que le ayudase para intentar mejorar y a aumentar nuestras posibilidades. Por fin teníamos una causa y por tanto un objetivo.

Desafortunadamente, la medicación en su caso, sólo había conseguido que empeorase, por lo que cada día pasaba horas y horas investigando por Internet otras opciones más naturales; que confiaba pudiesen lograr que obtuviese unos valores más normales.

Fueron meses de pruebas, que Mr. N., sumido en una silenciosa preocupación, aceptaba siempre sin dudar, confiando en todo lo que yo con evidente entusiasmo le proponía.

Poco a poco (entre aciertos y errores), lo fuimos consiguiendo. Y cuando finalmente empezamos con las inseminaciones, los resultados que obtenía siempre eran más que correctos.

A pesar de esto no conseguimos el embarazo en ninguna de las 8 que hicimos por lo que tuvimos que dar el siguiente paso: la FIV.

Durante todos estos años de espera y tratamientos luchamos unidos por el mismo objetivo. Mr. N. me explicó alguna vez que para él, y que creía que para muchos chicos, no era una necesidad “vital” el convertirse en padre…

Que deseaba serlo, por supuesto que sí, pero que su felicidad no se centraba o limitaba a ese aspecto como sabía que a mí sí me pasaba.

Él no sentía esa llamada o necesidad, o como queramos definir ese sentimiento, que como yo le explicaba surgía ya no solo del corazón sino de las mismas entrañas.

A pesar de esto siempre entendió que era lo suficientemente importante para mí para que se convirtiese también en algo esencial para él.

Mi lucha fue su lucha y gracias a que formamos un equipo lo conseguimos.

Como él me dijo cuando ¡Por fin! fuimos padres, nuestro niño estaba con nosotros gracias a que nunca me rendí.

Él cree que no hubiese pasado por todo lo que yo pasé, ya que evidentemente la parte más dura de los tratamientos es nuestra, y que fue completamente mérito mío.

Tal y como le contesté en ese momento, me sorprendía un poco mirar hacia atrás, y ver todo lo que habíamos pasado.

Pero si nunca renuncié a mi sueño, fue precisamente porque él estuvo siempre a mi lado, secando mis lágrimas y animándome a no decaer cuando las fuerzas flaqueaban.

Sabía perfectamente que no había sido nada fácil, tampoco para él, pero como siempre tuve claro: ¡El fin había merecido la pena!

Un comentario

  1. Kiko
    | Responder

    Efectivamente Charo, todo indica que los hombres viven estas situaciones de diferente manera. La implicación y el sufrimiento pueden ser los mismos, pero lo cierto es que no tenemos tan interiorizada esa necesidad vital de ser padres. Esto no conlleva que no lo pasemos mal también, pero de diferente manera.

    Un saludo y te felicito por tu blog.

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