Negativo tras negativo ¿dónde está el límite?

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Seguro que más de una vez te has planteado dejar de intentarlo…

Porque no es fácil asumir una derrota tras otra, sobre todo cuando empezamos con los tratamientos en los que, aunque queramos mantener la cabeza fría, depositamos todas nuestras esperanzas.

Cada persona somos un mundo, eso está más que claro. Igual que no todos toleramos el mismo dolor físico, pasa exactamente lo mismo con el dolor emocional.

En este aspecto, influyen muchísimos otros factores personales; como el positivismola capacidad de reponernos a una situación complicada, y otros muchos… externos.

Entre estos últimos uno de los principales suele ser el económico. Desgraciadamente los tratamientos no son nada baratos, todo lo contrario, y mientras más intentos y más pruebas y técnicas probamos; más gastos debemos asumir, y que se disparan muy fácilmente.

Pero aunque no tuviésemos esta limitación, el desgaste emocional es tan importante, que en muchos momentos cuesta sobrellevarlo.

 

Cuando empecé las Inseminaciones Artificiales

Cuando empecé las Inseminaciones Artificiales por la Seguridad Social, no tenía evidentemente, la presión del dinero.

Al principio lo que más me costaba era adaptarme a los tiempos de la Sanidad Pública. Llevaba ya 2 años de búsqueda cuando tuve mi primera visita en el hospital. Mi paciencia y confianza, que suelen ser bastante elevadas, brillaban por su ausencia más que nunca.

2 años me parecían ya demasiados, ignorando que solo habían sido el principio de una larga lucha, que me superó en más de una ocasión.

Recuerdo perfectamente la ilusión y los nervios de los primeros pinchazos. Me sentía animada y confiada en que iba a funcionar.

Por fin estaba en manos de los médicos así que tenía que ir bien, no me planteaba que pudiese ser de otra forma.

Cuando ya llevaba varios intentos fracasados, mis fuerzas empezaron a flaquear. Cada vez me costaba más recuperarme después del bajón del negativo. Me asaltaban mil dudas, sentía que “algo” fallaba dentro de mí, y el no saber qué era me mortificaba.

Lamentablemente todo mi sufrimiento no acababa aquí. Compaginar vida familiar, carrera profesional y hasta a veces la convivencia en pareja, con visitas y controles, esperanzas y desilusiones, se complicaba cada día más. Me sentí incomprendida muchísimas veces, sin ganas de nada y mucho menos de seguir intentándolo.

Como me dijeron más de una vez “un hijo no da la felicidad” y mi cabeza lo entendía perfectamente. Había sido bastante feliz todos esos años ¿por qué ahora no iba a poder serlo si no conseguía ser madre? Pues porque no…, me gritaba el corazón, por muchísimos motivos; principalmente. porque no me imaginaba el resto de mi vida sin compartirla con un hijo, nacido del amor (y de la cabezonería) de sus padres, bueno, principalmente de la mía.

Cuando pasaron los años e iba acumulando decepción tras decepción, fui valorando otras opciones para conseguir cumplir mi gran sueño.

Hablé muchísimo con mi chico y afortunadamente siempre estuvimos de acuerdo en todo. Queríamos ser papis, y si no podíamos serlo de una manera intentaríamos que fuese de otra.

A pesar de sentirme reconfortada con esta decisión, no acabé de cerrar las puertas a la Reproducción Asistida, ni a seguir intentándolo con nuestros gametos (óvulos y espermatozoides).

 

La peor de las caídas fue tras mi décimo negativo

La peor de las caídas fue tras mi décimo negativo. Tardé meses en sentirme preparada, para volverlo a intentar, tanto que durante un tiempo decidí, que ese había sido mi límite.

Me sentía destrozada y no sólo anímicamente. Mi cuerpo estaba tan cambiado después de tantas estimulaciones, que ya ni me reconocía; sentía que esa imagen que me devolvía el espejo no era la mía. Odiaba mi regla, que cada mes parecía reírse de mí y odiaba mi útero anarquista que rechazaba todos los embriones que me transferían. ¿Por qué me pasaba todo esto a mí?

Me costó decidirme a hacer mi tratamiento número 11, pero pensé que al ser el último por Seguridad Social (ya había hecho varios también por clínica privada), sería la mejor manera de cerrar ese ciclo.

Gastaría mi última oportunidad, y centraría todas mis fuerzas en el siguiente paso.

Necesitaba cerrar esa página. La infertilidad había protagonizado y acaparado mi vida durante más de 5 años, necesitaba volver a ser yo, o por lo menos a intentarlo.

Afortunadamente ese intento fue positivo. Nunca sabré si con otro fracaso hubiese tirado definitivamente la toalla, pero sospecho que no.

No soy nada conformista y sé que mientras hubiese tenido otra mínima esperanza lo hubiese seguido intentando, siempre que me lo hubiese podido permitir económicamente.

En mi caso creo que ése hubiese sido el límite definitivo. ¿Cuál crees que sería el tuyo?

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